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La leyenda de la flor del Día de Muertos

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Cuenta la leyenda que en un valle vivía una bella mujer llamada Xóchitl. Tonatiuh, dios del Sol, se encontró con la joven y quedó enamorado de su belleza.

Todos los días, el Sol hacía su recorrido y ponía especial atención en Xóchitl, quien peinaba su cabello con gracia.

Un día, Tonatiuh adquirió forma humana para acercarse a la joven.

El dios se vistió con ropa y un sombrero humanos, se presentó ante Xóchitl y la invitó a ver juntos el atardecer.

Xóchitl quedó también enamorada del dios con forma humana que se había cruzado en su camino.  Juntos pasaron 20 atardeceres llenos de felicidad, aunque a la pareja le causaba especial tristeza tener que separarse al amanecer.

Presa de la curiosidad y la necesidad de quedarse permanentemente con su amado, Xóchitl siguió a Tonatihú para averiguar a dónde iba cuando no estaban juntos. 

El dios Sol llegó a una colina, se quitó la ropa terrenal y emergió con toda su fuerza. El resplandor de Tonatiuh cegó a Xóchitl, quien huyó asustada. Al no poder ver, tropezó y cayó a un barranco, donde perdió la vida.

Tonatiuh, al descubrir el cuerpo de su amada, con dolor lo acarició con sus rayos. La tristeza del dios provocó que derramara una lágrima, la cual al tocar el cuerpo de Xóchitl la transformó en una flor de pétalos amarillos y anaranjados con un brillo casi tan intenso como el mismo sol. La flor la conocemos como cempasúchil.

En el Día de Muertos, la flor de cempasúchil se utiliza en los altares como guía para las almas, pues recuerda a la luz y al sol, elementos que comúnmente son utilizados para orientación.

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